sábado, 25 de julio de 2026

No sólo arde el monte, arde "¡el mar, idiota, el mar!"

Escribo esto mientras huele a quemado en mi casa, a pesar de tener las ventanas cerradas desde ayer, a pesar de tener el incendio a 30 kilómetros… huele a quemado porque lo que está ardiendo en el suroeste de Madrid es bestial. Y arde sin control, por tercer día consecutivo.

Una nueva señal más. Un nuevo recordatorio de lo que se nos viene encima, lo que está ya sobre nuestras cabezas. El elefante en la habitación crece y crece, y ya es tan grande que hasta los ciegos empiezan a verlo (porque a muchos se les están quemando las casas, sobre todo).

Media España arde. Porque no es sólo Madrid - que ocupa portadas y abre informativos estos días -, es también Guadalajara, Cataluña, Valencia, fue Almería… hay incendios por todas partes. Van ya más de 130.000 hectáreas forestales arrasadas este año. El año pasado, que fue bestial, a estas alturas habían ardido 24.000. No hay mucho más que decir…

Y no, no son los incendios de siempre. Igual que no es el calor de siempre. Son incendios cada vez más grandes y más difíciles de controlar. Los llamados incendios de sexta generación. Cuando yo empezaba en esto del periodismo ambiental, hace muchos años, los científicos ya avisaban de lo que venía, pero los llamaban “incendios de tercera generación”.

Ahora ya están aquí, y hablamos de “sexta generación”. Fuegos que son distintos en su dinámica, en su tamaño, su velocidad… que crean sus propias condiciones meteorológicas, que se realimentan solos. No funcionan igual que los incendios de siempre, no se apagan igual que los incendios de siempre. Son más imprevisibles en su comportamiento y exceden la capacidad de control de los servicios de extinción. Ayer lo decía el Delegado del Gobierno, en relación con el de Madrid: “el incendio está fuera de la capacidad de extinción”.

Es la primera vez que se declara la “emergencia nacional” por una catástrofe natural. Y no será la última. ¿Qué más necesitamos para reaccionar? Este gobierno lleva años planteando un pacto de estado frente a la emergencia climática, sin conseguir los apoyos necesarios. Muchos de los que ahora piden ayuda y ven cómo el fuego amenaza sus casas, o las destruye, se han estado riendo hasta ayer de los “catastrofistas” que hablamos de “emergencia climática” (y lo digo con conocimiento de causa). Igual desde ahora se lo toman en serio.

El clima ha cambiado. Las olas de calor, cada vez más extremas, más seguidas, más extensas… no son las de siempre. El calor de verano en abril, mayo, octubre… no es el de siempre. Los incendios, cada vez más grandes y violentos, no son los de siempre. Las DANAS y tormentas no son las de siempre. ¿Y qué hay detrás de todo esto? Son muchos los factores que explican lo que está pasando, pero hay uno que está detrás de todo: el mar.

Vivimos en un planeta que es, básicamente, agua. Y esas aguas de los mares y océanos están alcanzando temperaturas nunca vistas, en los últimos años. Las anomalías en todos los océanos del mundo son insólitas, tienen a los climatólogos desconcertados. El Mediterráneo es el que más rápido se calienta de todos. Y lo tenemos aquí, en casa. Es como vivir con una olla a presión al lado. De vez en cuando salta la tapa y nos llevamos algunos sustos. Pero luego, seguimos viviendo como si no pasara nada.

Este verano, estos días, varias zonas del Mediterráneo han llegado a los 33 grados de temperatura superficial. Es absolutamente bestial. Y más, a estas alturas del verano. Las máximas en el mar suelen alcanzarse (solían, hasta hace unos años) a finales de agosto. Es una barbaridad cuyas consecuencias las sufriremos en cuanto llegue el otoño (o antes, nos dicen los meteorólogos, quizá a finales del verano ya veamos tormentas bestiales, dopadas de toda esa energía extra que aporta un mar hirviendo).

Porque no sólo arden nuestros bosques, nuestros montes. Arde el mar. Arden nuestros mares, todos. Y el que más arde es el que tenemos más cerca.

El calor del aire y el del mar se realimentan, eso ya lo sabemos. Y sabemos también que el del mar tardará mucho más en irse, igual que ha tardado más en acumularse. Es lo que llaman la “inercia térmica”. Los océanos tardan más en absorber, almacenar y liberar el calor. Hasta ahora, eso era lo que templaba y estabilizaba nuestro clima. Ahora se nos ha vuelto en contra. Porque todo ese calor extra, ese calor de más que están acumulando en estas últimas décadas, tardará décadas también en liberarse. Esto llevan años advirtiéndolo los climatólogos, explicándolo… y los medios llevamos años contándolo.

Da igual. Por lo que sea, nada de esto se relaciona. Vemos todo lo que ocurre como hechos aislados, como si las catástrofes naturales que se multiplican en los últimos años fueran fatalidades del destino, que nos llegan una tras otra sin saber muy bien por qué. No abrimos foco, no relacionamos, no vemos el contexto.

Pero no, nada es casual.

Estas olas de calor bestiales no son casuales. Estos megaincendios no son casuales. La DANA de 2024 no fue casual. Las inundaciones en Grazalema, este año, no fueron casuales. Los episodios de calima que vivimos ya casi cada mes no son casuales. Los tornados, las tormentas tropicales que empezamos a ver cada verano no son casuales. El granizo gigante no es casual. Los casi 40 grados en el norte de España, en mayo, no son casuales. Las vías de tren y carreteras que se derriten en Europa… Nada de lo que nos pasa últimamente es casual. Al revés. Todo es causal.

Y mientras no lo entendamos, mientras no seamos capaces de ver que la causa es la misma, que el clima ya ha cambiado y que eso ya lo está cambiando todo, y para todos… no seremos capaces de buscar alguna solución. Y es lo único que nos queda: adaptarnos. Aprender a sobrevivir en este nuevo clima, de forma urgente.

Porque los efectos de todo ese calentamiento acumulado en la atmósfera y, sobre todo, en los océanos, ya están aquí. Y el proceso es imparable.

*** Os dejo un vídeo que me viene mucho a la cabeza últimamente... Se me quedó grabado, de pequeña, y me sigo riendo. Si tenéis una edad parecida, os acordaréis de aquello de "¡el mar, idiota, el mar!". Y eso sí que no podemos olvidarlo... reír, a pesar de todo. 



domingo, 28 de junio de 2026

Si todo es normal, nada lo es

Todavía tengo en la retina las imágenes de los parisinos nadando en el Sena, sobre todo la de esos jóvenes charlando a remojo, tranquilamente, a los pies de la Torre Eiffel. Como si lo hubieran hecho siempre. Como si fuera la cosa más normal del mundo. No se me ocurre nada mejor para resumir lo que está pasando.

Y lo que está pasando es inédito. Europa está sufriendo la ola de calor más prematura, intensa y seguramente extensa desde que hay registros. Una ola de calor extremo que deja temperaturas por encima de los 44 grados en Francia, superiores a los 41 en Alemania. En el mes de junio. Repito: en junio.

En países que no están preparados para esas temperaturas. En humanos que no están habituados a esas temperaturas.

Es insólito ver lo que estamos viendo: carreteras que se derriten, vías de tren dilatadas, deformadas, rotas por el calor… Y está ocurriendo aquí al lado. En Francia, en Bélgica, en Alemania. Estos días. Aquí y ahora. Hospitales saturados. Colegios cerrados. Trenes paralizados. Viajes y eventos cancelados. Esta ola de calor ha provocado una auténtica crisis sanitaria en países como Francia, y ha puesto en jaque las infraestructuras de ese país y de muchos otros, que no se diseñaron para soportar estas temperaturas.

Cuando hablamos del cambio climático y del aumento del calor, la cosa se mide en “anomalías” de temperatura. Los meteorólogos analizan cuánto se salen de lo normal, por arriba o por abajo, con respecto a la media registrada en un mismo lugar en esas mismas fechas. En esta ola, las anomalías de temperatura en Francia han superado los 10 grados.

Y no sólo un día. Durante varios días seguidos, los termómetros franceses han registrado temperaturas más de 10 grados por encima de lo habitual. No sólo es increíble, que lo es, es que es una auténtica locura. Una burrada que tiene atónitos a los científicos. Ni siquiera los que llevan años estudiando el cambio climático dan crédito a lo que están viendo. No es lo que esperaban.

Porque estamos llegando ahora a escenarios previstos para dentro de unas décadas. Estamos viendo temperaturas que se auguraban para mediados de siglo. Pensábamos que el calentamiento iría aumentando, sí, pero no a esta velocidad.

Los modelos de predicción se están quedando cortos, advierten. Y está ocurriendo en todo: al predecir la intensidad de los huracanes, de las olas de calor, de las DANAS, de los incendios… la realidad (climática) está superando la ficción (de los modelos). Sencillamente, porque están diseñados para un clima que ya no existe.

El calentamiento global está disparado, y sus efectos no son lineales: el calor aumenta exponencialmente año tras año. En el aire y, sobre todo, en los océanos (pero esto da para otro post). El cambio climático nos ha adelantado por la izquierda y urge adaptarnos a sus efectos, porque no irán a menos, irán a más. Habría que destinar todos los recursos posibles. Nos va la vida en ello.

¿Y qué estamos haciendo? No lo sé. Pero la crisis climática sigue sin ocupar las portadas de los principales diarios, de los informativos de radio ni televisión. Ni siquiera en una situación tan insólita como esta. En el principal diario de este país, por ejemplo, hay que buscar y buscar, hacer scroll durante un rato, para encontrar información sobre esta ola de calor. Y eso que nos toca de cerca, que la tenemos en la puerta, que afecta a más de 100 millones de personas, que está en juego su salud, su forma de vida, sus vidas… que son las nuestras. 

Hablamos de una ola de calor extremo, en Europa, que marcará un antes y un después en la crisis climática que estamos viviendo.

¿Qué más necesitamos? ¿Hasta cuándo vamos a seguir actuando COMO SI NO PASARA NADA? ¿Cuánto más vamos a esperar para adaptarnos, para entender la urgencia que requiere esta nueva realidad climática?

El clima con el que nacimos y crecimos ya no existe. Tenemos casas, colegios, oficinas, transportes, infraestructuras, ciudades, países enteros… diseñados para un clima que ya no existe. Vivimos una nueva realidad climática, a la que no nos estamos adaptando. Y no se irá por mirar hacia otro lado. Al revés: cuanto más tardemos en reaccionar, más dura será la caída.

Es como estar viajando en un coche que va cada vez más rápido, que circula ya a 300 kilómetros por hora, que se va saliendo en las curvas… Sabemos que si seguimos así, nos vamos a estrellar, pero dentro, seguimos cantando como si nada. Decidimos que no pasa nada. Que ir a 300 kilómetros por hora, chocándose con todo, es lo normal. Como esos chicos de la foto charlando en el Sena… convirtiendo en normal algo absolutamente insólito hasta hace unos días.

Y ése es el verdadero problema en la crisis climática. Más que la falta de voluntad política, de la falta de inversión, más que el negacionismo… El gran problema, lo que nos tiene paralizados realmente, es que LO NORMALIZAMOS ABSOLUTAMENTE TODO. ESTO TAMBIÉN. Y una vez normalizado, desaparece el problema. Pues nada, que siga la fiesta.

jueves, 25 de junio de 2026

Los ricos no sudan

Los ricos no sudan. Suena extraño pero es así. Los ricos no sudan, en general, porque sus condiciones de vida se lo impiden. Casas con aire acondicionado, coches con aire acondicionado, aviones privados… Dicen que “los ricos también lloran”. Seguro. Pero sudar, no sudan. Al menos no tanto como los humanos de andar por casa.

Y si no sudan, en su día a día no son conscientes de lo que está ocurriendo más allá de sus cuatro paredes. El cambio climático les suena a cuento chino, a una entelequia, o en el mejor de los casos, a algo lejano que les ocurre a otros. Porque si no sudas, no te das cuenta de que cada vez hace más calor, de que es demasiado calor ya, de que el calor es tan extremo que empieza a ser incompatible con la vida en algunos lugares del planeta (más de 49 grados en India hace algunas semanas, cerca del límite que es capaz de soportar el ser humano).

Pero no hay que ir tan lejos para buscar humanos que suden (que, además, en India también hay ricos y seguro que tampoco sudan). Aquí mismo, en el norte de España, la gente de a pie está sudando como en su vida desde finales de mayo. Repito: en el norte. Ese lugar que en el imaginario colectivo sigue apareciendo como refugio al que acudir buscando fresquito. Que se lo digan a los de Bilbao, sobre todo, nuevo epicentro del calor. Lo del “fresquito” del norte tiene los días contados. Ya se nota también en Galicia, en verano, desde hace años.

Y esto no para. Y no va a ir a mejor. Va a ir a peor, a mucho peor. 

No es catastrofismo, son datos reales. El calentamiento de la atmósfera y los océanos (sobre todo ese, el del mar) está desbocado, y cada vez sufrimos más sus consecuencias. El calor extremo se ha disparado en los últimos veinte años. Los años más cálidos del planeta se concentran todos en este siglo. Pero es que, además, el aumento del calor va a una velocidad que sorprende incluso a los científicos. En la década de 2010 se batieron varios récords. Pero ya han sido superados en esta, que nos deja los cuatro años más cálidos desde que hay registros: los cuatro últimos. El proceso es imparable. Tampoco estamos tratando de hacerlo. Las emisiones de gases de efecto invernadero siguen aumentando, año tras año. Cuesta creerlo, pero es así.

Pero volviendo a la idea de este post. Los ricos no sudan. Así que apenas son conscientes de lo que supone todo esto. No cogen su coche a 50 grados, aparcado al sol, en la calle… ni caminan bajo un sol de justicia, a más de 40, para coger el bus o el metro… no pisan (ni mucho menos corren, porque los ricos tampoco tienen prisa) sobre un asfalto que arde, literalmente, a 70 grados o más estos días… Van por la vida con la calma, y la distancia, de quien no tiene que cumplir horarios, ni obligaciones. No corren. No sudan. No ven.

Pero si esto peta (y está petando), peta para todos. Para los que sudan y los que no. Y sus consecuencias nos van a afectar a todos. Nos están afectando ya. Porque para que funcionen todos esos aires acondicionados, y esas casas inteligentes, y esos coches inteligentes, y todos esos aviones privados… hacen falta recursos que se están agotando. También para ellos.

“Los mercados están contentos”, escuchaba el otro día en la radio con el enésimo anuncio de Trump de que había llegado a un acuerdo con Irán. Porque mientras ocurre todo esto, mientras nos vamos al carajo, esos ricos que no sudan montan guerras para poder seguir quemando petróleo. El mismo petróleo que sigue emitiendo gases y calentando la atmósfera más y más… Si se lo explicaran a un marciano creo que lo entendería mejor que yo.

Pero ese es el problema, que esos “mercados” son los que rigen nuestras vidas. Lo que alegra a “los mercados” es precisamente lo que nos está llevando al abismo. Más petróleo, más gas, más emisiones, más consumo desenfrenado, más crecer y crecer, más correr y correr sin mirar atrás (ni, sobre todo, delante), más de una vida que se agota, que hace décadas que dejó de ser “sostenible”. Pero da igual. Se trata de que no pare la máquina, de producir más y más, de consumir más y más, como si en el planeta no hubiera límites, como si no hubiera señales claras de que los hemos sobrepasado. 

Hay que seguir explotando recursos como si no hubiera un mañana. Y ese es el problema: que si seguimos así, no lo habrá.

Pero no es sólo eso. Es que los que sí sudan, sudarán cada vez más. Y algunos hasta la extenuación. Hasta que peligre su propia vida. Pienso en India, por ejemplo, es esos miles de millones de personas que ya no podrán soportar temperaturas tan altas y querrán huir, querrán salvar su vida y la de sus hijos. Buscarán lugares donde puedan, al menos, respirar. Donde puedan sobrevivir.

Se llaman refugiados climáticos, y ya existen. De momento no ocupan titulares en los medios, entretenidos como estamos en nuestras pequeñas batallas políticas, pero en breve hablaremos más de ellos. Porque serán muchos más. Cada vez más. ¿Os imagináis vivir a 50 grados y no hacer nada por escapar?

Los medios, por cierto, somos parte del problema. Llevamos décadas tratando el tema del cambio climático y el calentamiento global como si fuera parte de “la meteo”. Es decir, algo que nos cuentan los meteorólogos después de las noticias, en la radio o en la tele: ojo, que viene una ola de calor. Se habla de ello como cuando en el ascensor se habla “del tiempo”. Pero no, este calor de ahora no es el mismo del que hablábamos antes en el ascensor. Es otra cosa, otra dimensión. Y hasta que no lo entendamos, medios y vecinos, no cambiará nada. En Noticias Cuatro, por cierto, llevamos años (jefes, editores, redactores) tratando de aportar nuestro granito de arena para que se entienda la dimensión del problema.

Pero hace falta que los ricos también suden. Y que ellos y nosotros, los humanos de andar por casa, entendamos por qué el calor que tenemos últimamente no es “el de siempre”: esto era el cambio climático, amigos (bueno, esto y mil cosas más, porque está todo relacionado). 

Y mientras no seamos capaces de parar, de relacionar todo lo que está pasando, de ponerlo en contexto y ver lo que se nos viene encima, no seremos capaces siquiera de empezar a adaptarnos. Y urge hacerlo, porque estamos en un clima nuevo, para el que no estábamos preparados. Hemos visto derretirse carreteras en Francia, estos días, no digo más...

No es una ola de calor. Son una tras otra. Todos los años. Cada vez más. Cada vez antes. Cada vez más largas, más intensas, más extensas. Están afectando a zonas donde nunca habían tenido un calor así. Si tenéis hijos pequeños, pensad que este va a ser su día a día cuando tengan 15 o 20 años. Esta va a ser su vida (y no estamos hablando de los demás efectos del calentamiento global, que son igual de preocupantes). 

De ellos dependerá encontrar soluciones para hacerle frente. De nosotros depende dejar de agravar el problema. Asumirlo de una vez. Adaptarnos a esta nueva realidad climática. Y hacerlo YA. Por favor.


** Como este blog era de música, originalmente, aprovecho para dejaros un tema que creo que es perfecto para este momento distópico (pero muy real) que estamos viviendo... 






jueves, 30 de enero de 2020

SOY RADIACTIVA

Soy radiactiva. No es metafórico, es real. Literal. Soy radiactiva desde hace cuatro días, emito radiactividad igual que una bombilla emite luz. De hecho, según el radiólogo, soy eso: una bombilla. Es la explicación más gráfica que te pueden dar para explicarte lo que tú, después, explicarás a todos los que te preguntan: que no contagias, que no vas dejando la radiactividad por ahí a tu paso. La bombilla emite luz cuando estás cerca, pero si te alejas ya no te llega, y cuando te vas no te llevas esa luz contigo. Pues con la radiactividad pasa lo mismo. La emites si alguien está muy cerca, pero no se la “contagias”.

¿Qué hago yo explicando esto? ¿Qué hago sabiéndolo, incluso? Desde luego, cuando pensaba en cosas que sería “de mayor”, pensaba en muchas, pero nunca me imaginé siquiera que un día podría estar diciendo esto: soy radiactiva. Una batallita más que contar a los nietos. La vida te sorprende siempre, pero mucho más a partir de los 40. Al menos, en mi caso. Un tumor cerebral (benigno), un hijo y un cáncer en los últimos seis años. Por este orden. Nada menos. Pero no me quejo. Aquí estoy, contándolo… y más viva que nunca.

Porque de eso se trata, y por eso escribo esto. Ya lo viví, hace seis años, con el tumor cerebral. Una avalancha de cariño y energía que me acompañó durante los meses que duró la historia y que me hizo salir de ella más fuerte que nunca. Pero ahora lo estoy volviendo a comprobar. Tengo mucha suerte, mucha gente que me quiere y que está pendiente de mi estos días, mucha más de la que merezco, seguro. Porque con la radiactividad han llegado también los mensajes y llamadas que no cesan, que me llenan de cariño y energía cada día. Tengo un taco de libros por leer y un ordenador con series preparadas para engancharme, pero hasta ahora apenas he empezado con unos ni con otras porque no he tenido tiempo. No paro de recibir y contestar llamadas y whatsapps. No puedo sentirme más arropada, querida y agradecida.

Amigos, familia, amigos que son familia, compañeros que no son amigos pero que resulta que te tienen cariño, gente a la que hace un siglo que no ves o de la que no sabías nada y se ha enterado… es alucinante la cantidad de energía positiva que te llega de unos y otros. Una amiga te manda música todos los días, otra te lee fragmentos de libros preciosos que ni conocías, otro amigo te hace una lista de series y películas para ver en el encierro, otros te mandan fotos de lo que hacen para compartirlo contigo… No hay tiempo para el aburrimiento en este encierro marciano. Tampoco para la queja, desde luego.

Quizá tenga algo que ver que la palabra impresiona. Y eso que el mío es de los “buenos”. Decir cáncer asusta. A mí me asustó cuando me lo dijeron. Y soy consciente de que asusté al contarlo a quienes me quieren. Pero nunca la he disfrazado, no he utilizado eufemismos para referirme a ello. No quiero. Y creo que es importante no hacerlo. El cáncer nos invade. Es un hecho. Y una tragedia, pero es así. No va a desaparecer porque no lo nombremos. El cáncer existe y, antes o después, nos va a tocar sufrirlo de cerca, a uno mismo o a alguien cercano. A mí se me han muerto tres amigos en los últimos dos años. Los tres con cuarenta y pocos años. Estamos en edad, de eso no hay duda. Aunque no estemos preparados para ello.

En mi caso quizá es más fácil afrontarlo que en otros tipos de cáncer, y contarlo abiertamente. Yo tengo suerte. Recuerdo cada día las palabras de mi endocrina cuando me comunicó la noticia. “Es un cáncer, sí, pero no te preocupes, que es de los pequeños… es un cáncer de tercera regional. Si a todos nos va a tocar uno en la vida, yo levanto la mano y me pido este”. Salí de su consulta hasta dando las gracias porque me hubiera tocado este. “Un cáncer de tiroides, qué bien, menos mal…”. Lo de mi endocrina sí es positivizar, lo demás son tonterías. 

No es fácil que te hablen de cáncer y se refieran a ti. Es algo que está ahí, vivimos con ello, pero no va contigo. Existe, pero no te toca… hasta que te toca. Y entonces sí, la palabra cáncer impresiona. Aunque sea uno de tercera regional. Cuando te la dicen mirándote a los ojos, cuando la ves escrita ahí delante… impresiona y asusta. Por eso creo que hay que decirla más, porque nombrar las cosas que nos dan miedo es el primer paso para dejar de sentirlo. A mí, al menos, me ocurre eso. No hablar de ello o buscar otras palabras para referirse a la enfermedad (como “el bicho”, yo también lo he usado algunas veces) es tan humano y tan legítimo como sentir ese miedo. Pero creo que hay que intentar superarlo.

Y cómo no hacerlo con tanta energía positiva alrededor… El cáncer genera una red de apoyo tan grande hacia el que lo padece (no sólo en mi caso, en otros que he tenido cerca ocurrió lo mismo) que si de ello dependiera la curación, seguro que el 90% de los enfermos se curarían. 

En mi caso, el tratamiento consiste en convertirte en radiactiva por un tiempo y en estar aislada mientras dure esa radiactividad en tu cuerpo. Pero tengo suerte, repito. La radiactividad no duele, no se ve, no genera apenas efectos secundarios… es mucho más llevadera que una quimio o una radio. Sabes que tienes toda esa carga tóxica en tu cuerpo y no tiene gracia, pero desde el momento en que te la meten, tu trabajo consiste en ir eliminándola día tras día. Mi trabajo consiste en beber y orinar, básicamente, porque así es como se elimina. No es muy duro, si lo comparamos con todos los efectos que genera, por ejemplo, la quimioterapia.

Estar aislado es extraño, eso sí. Sobre todo, estar aislado del mundo sin encontrarte mal. Tener que vivir lejos de tu pareja y de tu hijo (tan pequeño que todavía no puedes ni explicarle…). Tener que mantenerte a una distancia prudencial (al menos dos metros) de cualquier persona. No tocar, no abrazar, no besar, no acercarte demasiado. Evitar a toda costa cruzarme con niños o mujeres embarazadas. La experiencia de ser radiactiva está siendo, sobre todo, surreal. 

Todos somos un poco radiactivos, por cierto. Esto es algo que yo no sabía, hasta que me lo explicó la física que vino a medirme el otro día. Le pregunté cuándo calculaba que podría bajar mis niveles de radiactividad a cero, para poder irme tranquila a casa a abrazar a mi hijo. Me contestó: “la radiactividad cero no existe”. Resulta que todos llevamos algo de radiactividad en el cuerpo, unos más que otros dependiendo del tipo de vida que hagamos. Y de dónde vivamos. Por ejemplo, la sierra noroeste de Madrid es muy granítica, lo que supone una fuente importante de radón, un gas radiactivo. Te mudas a la sierra para respirar aire puro y, de paso, te llevas una curiosa carga de radón para el cuerpo. Qué cosas…

Soy radiactiva, pero en unos días dejaré de serlo. El cáncer habrá desaparecido de mi cuerpo hasta más ver (hasta nunca, espero, que de eso se trata). Y en el camino me llevo una nueva experiencia: unas semanas de aislamiento forzoso con las que no contaba y en las que estoy volviendo a darme cuenta de lo realmente importante de todo esto. Estoy viva, quiero y me quieren. No hay más. Tengo cáncer, pero sobre todo, tengo suerte. Curiosos los caminos que la vida encuentra, a veces, para pararte y recordarte lo importante. 


sábado, 14 de enero de 2017

LA VIDA EN 20 MINUTOS

¿Cuántos intervalos de 20 minutos hay en un día? ¿Qué haces en esos 20 minutos? ¿Qué has hecho en ése día cuando, al final, sumas todos los intervalos de 20 minutos que hay en 24 horas? La vida pasa en esas 24 horas pero... ¿lo hace en intervalos de 20 minutos? ¿Por qué 20 minutos? ¿Puede cambiar una vida en 20 minutos? ¿Late distinto el corazón cada 20 minutos? ¿Puede que en un momento dado estés sufriendo y angustiado pero a los 20 minutos estés tranquilo y relajado? ¿Cada cuánto cambia el estado de ánimo? ¿Cuántas veces al día puede cambiar? ¿Lo hace en intervalos de 20 minutos?

Y sobre todo... ¿por qué me estoy haciendo todas estas preguntas absurdas?

Tengo un holter pegado a mi cuerpo desde hace ocho horas, que se activa cada 20 minutos durante 24 horas de forma ininterrumpida. Divertidísimo. No hay plan mejor para un sábado. El brazo ya lo tengo medio gangrenado de la presión, de tanta presión en el mismo sitio cada 20 minutos... pero yo ya me he acostumbrado al chisme y al ruido de motor desvencijado cada vez que se pone en marcha. Cada 20 minutos. Puede que no lo devuelva, oye.

Vivimos la vida, cada día, sin dividirla en intervalos de tiempo, como un contínuo en el que hay ciertas horas marcadas, citas fijas, momentos clave... que claramente son esos y no otros, cada día. En fin de semana la cosa cambia. Al menos en mi caso, no hay reloj. No hay horarios. Por eso, la prueba del holter en fin de semana está resultando de lo más curiosa. Al ser consciente de cómo pasa el día en intervalos de 20 minutos, eres más consciente de lo que haces en cada momento. Y de lo que no haces. Es como si un enanito en el hombro te soplara al oído: "tienes 20 minutos más por delante para seguir haciendo esto o para hacer otra cosa". O al revés: "tienes 20 minutos menos de vida por delante, piensa qué has hecho con ellos y si ha merecido la pena". La cosa es surreal y no lleva a ninguna parte. Ya.

Pero, curiosamente, esta extraña vida de 20 minutos en 20 minutos me ha hecho sentarme a escribir en este blog después de meses y meses sin hacerlo (hmmmmmmm... ¿cuántos intervalos de 20 minutos hay en un mes?). Bienvenido sea el holter, pues.

Este post no tiene ningún sentido, más allá de divertirme. Pero puede que lo esté escribiendo también porque me doy cuenta (en estos 20 minutos que estoy aprovechando para escribir entre mannequin challenge y mannequin challenge conmigo misma) de lo cortos que son los días, vistos en intervalos de 20 minutos, de lo rápido que pasan esos intervalos, de la cantidad de cosas inútiles (y por eso mismo, placenteras) que puedes hacer en 20 minutos cuando no estás trabajando. De lo corto que es el día, de lo rápido que pasa la vida (hmmmmmmm... ¿cuántos intervalos de 20 minutos caben en una vida?).

Así que, antes de que se me acaben estos 20 minutos y el brazo se me vuelva a gangrenar, quiero aprovechar para desearos un año 2017 breve pero intenso, y lleno de buenos momentos, a todos los que os paseáis por aquí. Con holter o sin holter que os recuerde que el tiempo pasa, sed conscientes de cada minuto que vivís y disfrutadlo si podéis, porque ése ya no vuelve. (Esto tiene mucho que ver con lo de estar en el presente, sí, y lo de la atención plena... pero mira tú, después de tantas sesiones y lecturas sobre meditación, es un pequeño y viejo armatoste que pita cada 20 minutos el que me ha hecho ser más consciente de todo esto. Me encanta).

Os dejo con un tema precioso que escuché hoy, hace muchos 20 minutos ya, y que me ha hecho descubrir además a una de las hijas de mi admirado Johnny Cash. Escuchadles...
 





martes, 31 de mayo de 2016

YO TAMPOCO SOY DEL ATLETI

Y tampoco me gusta el fútbol. No lo veo, no me interesa.

Pero resulta que estuve en el Calderón, hace unos meses, y me emocioné viendo perder a mi Dépor querido frente a los del Cholo… ése tipo enorme que no paraba de moverse por la banda y gesticular durante todo el partido. Ese día, en el campo, disfruté del fútbol -para mi sorpresa- y además aprendí que “lo del Atleti” no es fútbol, es otra cosa. Un sentimiento, dicen ellos, una forma de vida, una forma de entender y de estar en la vida. Te lo cuentan y tú dices… “ya, bueno, qué exageración, es fútbol, no será para tanto”. Hasta que te pasa.

Porque el sábado lo confirmé: resulta que sí, que ser del Atleti es otra cosa.

Lo comprobé en mis carnes cuando me vi gritando el gol de Carrasco como si lo hubiera marcado yo misma, celebrándolo con gente que ni conocía en el bar “vikingo” donde vi el partido a pesar de las advertencias de mi chico, atlético de nacimiento: “no, hombre, ahí no lo veas… ahí noooooooo”. Lo vi y lo sufrí allí, sí, mientras él se atizaba unas valerianas –literalmente- en Milán para tratar de llevarlo lo mejor posible.

Y durante casi cuatro horas supe lo que es. Fui parte de esa enorme minoría rojiblanca que sufre digna y discretamente cuando hay penalti que sufrir, que se convierte en una fiesta cuando hay gol que celebrar, que vuelve a emocionarse y vuelve a sufrir, y vuelve a sufrir, y a sufrir… y al final se marcha en silencio y ahogando la pena -porque duele, sí, resulta que  la cosa duele- pero con la cabeza bien altpara mi sorpresa- ca, te acabarlica, se contagia. que me lo hayan explicado cerca te lo acabara y en ella, un mantra: “somos el Atleti, volveremos”. Hay que seguir creyendo.

No es fútbol, es otra cosa. Es el Atleti y es vírico: no se explica, se contagia. Si tienes a alguno cerca, cuidado... te acabará pasando.


*** el "tampoco" del título es porque este texto nace tras leer otro, precioso, de una compañera. Aquí os dejo el enlace: http://www.cuatro.com/noticias/Atletico_de_Madrid-Liga_de_Campeones-Cholo_Simeone_0_2187675042.html Atléticos o no, os recomiendo que lo leáis... mientras escucháis a Rosendo, que no podía faltar en este post. 






martes, 22 de diciembre de 2015

PORQUE LAS COSAS CAMBIAN...

El momento era ahora. Y vaya si lo ha sido. 

Hay una segunda transición en marcha desde hace tiempo y los resultados de estas elecciones demuestran está ahí para quedarse. La lidera nuestra generación -suponiendo que seáis de la mía-, gente de entre 35 y 45 años, personas que nacieron con el cambio de régimen en este país y que ahora están protagonizando un cambio de época. Que ya tocaba.

Miedo, ninguno. Ilusión, toda. Incertidumbre, mucha. No pasa nada. Y puede pasar de todo.

Vivimos en un "veremos" constante desde hace ya algún tiempo... y lo de ayer no ha hecho más que confirmarlo. Con la vieja política revolviéndose en sus asientos mientras les sacuden las alfombras bajo sus pies. Estupefactos, incrédulos (esto no está pasando... esto no me está pasando a mi), soberbios, temerosos... hasta que no les ha quedado otra que abrir un poco más los ojos y vernos delante. Ver a toda esa gente, ciudadanos sin más -ni menos- que llevábamos tiempo avisando: que ya está bien, que hasta aquí hemos llegado. Hace ya cuatro años que nos plantamos, que dijimos "basta", pero todos los procesos de cambio tardan en cuajar. Ahora ha cuajado, por fin, y se nota: está empezando a correr el aire. 

Toca respirar, coger aire y volver a respirar. Y mientras, caminar. En el camino, algunos se perderán, otros se irán, otros no llegarán. Pero para todos, será bueno. Incluso para los que hoy tienen miedo. Nada mejor que un país obligado a hablar, a escucharse, a entenderse, a ceder, a pactar. En un país tan poco acostumbrado, últimamente, a todo eso. Ya era hora. 

Ayer asistimos al nacimiento de un país nuevo. Porque nueve millones de personas apostamos por ello. El resultado es incierto, ingobernable, caótico, imposible, dicen... Ya. Pero ha sido toda una lección de madurez de la sociedad. Una lección de la sociedad a los políticos que, pase lo que pase ahora y gobierne quien gobierne finalmente, es de suponer que habrán tomado nota. De lo que queremos y lo que no. De que no somos los mismos que hace 40 años y no queremos lo mismo. El cambio está en marcha y es irreversible. Incluso aunque tuviéramos que volver a votar en un par de meses... incluso aunque, en ese caso, el bipartidismo se hiciera fuerte otra vez... esto queda, y ya nada será lo mismo. 

Pasen y pacten. Pasen y escuchen, dialoguen, discutan, cedan, entiendan y entiéndanse. Porque las cosas cambian (y no estamos aquí de visita, no). 

Feliz año nuevo, en este nuevo país.





domingo, 11 de octubre de 2015

DE MUJERES, HOMBRES Y CAUSALIDADES

Mujeres que llevan a hombres. Hombres que llevan a mujeres. Que vuelven a esos hombres. Con otras mujeres. Con las mismas. Con ninguna. Con todas. Hombres. Mujeres. 

Desubrí el disco de Coque Malla el otro día, por casualidad (o por causalidad, mejor dicho... todo es causal, poco es casual). Buscando la voz de una mujer que quería explorar porque apenas conocía... Vilma, la cantante de Vilma y Los Señores. La viva imagen de una frágil fortaleza: frágil por dentro, fuerte por fuera, inquietante siempre. Aquí la tenéis. 



Escuchaba y exploraba, con los oídos y el corazón bien abiertos (como se debe escuchar a cualquier músico que se precie), cuando me apareció delante este precioso tema de Vilma con Coque Malla.


Esto supuso el comienzo de otro descubrimiento. Llevaba un buen rato escuchando a Vilma y Los Señores, que ya se habían ganado mi corazón y mis oídos, así que decidí seguir explorando... y seguí con él. Nada que ver, por cierto, este hombre de 46 años, elegante y atractivo, con el Coque Malla macarra que recordaba yo de Los Ronaldos. Un musicazo. Así que escuché y escuché (como el lobo con las casas de Los Tres Cerditos, sí) y cada tema me gustaba más que el anterior. Aquí os dejo mis favoritos... todos del mismo disco, "Mujeres", un álbum de hace un año en el que Coque se hizo acompañar de diez cantantes y actrices que ponen voz a canciones suyas. Juntos revisitan algunos de sus temas, que hablan de su relación con las mujeres, y el resultado es una auténtica delicia. Si no lo conocéis, escuchad, que os hará bien... (si lo conocéis, también).






Pero la cosa no acabó ahí. Porque esto de las exploraciones musicales puede convertirse en un camino sin fin, si te dejas... y yo suelo dejarme. Pasaron las horas y de Coque Malla fui saltando a otros músicos, pero aún los estoy explorando y darían para otro post, así que voy a ir cerrando este. Lo acabo con una confesión: escucho música española y me gusta. Y no, no me refiero a Nacho Vegas ni a Bunbury, mis dos músicos patrios imprescindibles -y casi únicos hasta ahora-, que ya tienen su lugar en este blog. 

Escuchar música española, que me guste, es algo nuevo en mi vida... pero esto es algo que no sólo me está ocurriendo con la música. Muchas cosas son nuevas en mi vida de un tiempo a esta parte. ¿Casual? No, causal. Pero quién me lo iba a decir. Cuando más crees que tienes tu vida encauzada, que has cogido las riendas... es la vida la que da un volanzato y te sugiere: "por aquí". Y tú vas. Porque siempre te fías de tu intuición. Porque quieres ir. Y porque yendo te sientes bien. Contenta. Tranquila.

Y un día, sin darte cuenta, además te descubres cantando... en español. Por qué no???... 


*** este post, y el descubrimiento de Vilma, se lo debo a una buena amiga, también musicadicta, a la que podéis visitar aquí: http://comunicacion5sentidos.es/ Gracias Glo!!! ;)













lunes, 24 de agosto de 2015

CUATRO AÑOS DE MÚSICA Y UN BOSQUE PARA ESCUCHAR

Dame un bosque y búscame ahí.

Un bosque. Árboles. Verde alrededor. Vida verde. Y paz. Mucha vida. Mucha paz.

Hace ahora cuatro años que abrí este blog. Para hablar de música. Para compartirla, mejor dicho... algo que entonces ya llevaba tiempo haciendo a través de Twitter, con el "cada día una canción". Era agosto de 2011. Entonces yo no tenía bosque. Vivía rodeada de asfalto, con árboles cerca, sí, pero mi vida estaba en la ciudad. Cuatro años después, vivo rodeada de árboles (no es un bosque, pero hacen la misma función), con menos asfalto, menos ruido y menos prisa que antes. Vivo mejor.

Pero en esta vida mejor, más tranquila, verde y conectada con la naturaleza, también ha cambiado una cosa: escucho menos música que antes. Puede que tenga algo que ver o no, no lo sé... pero el hecho es que desde que escucho pájaros en casa a diario, pongo menos música. Esto es así.

No sé si vale como excusa para justificar que no haya publicado post en varios meses... pero cuando pienso en los motivos, encuentro este. Y pocos más. Sigo escuchando y descubriendo músicas nuevas, claro, aunque con mucha menos frecuencia que antes. Pero cumplimos cuatro años y no hay excusa que valga, así que aquí os dejo alguno de mis últimos temazos descubiertos... la mayoría, por cierto, se los debo a la serie "The Affair". Nunca vi unos créditos con tan buena selección musical. 

De Richard Buckner no sabía nada, pero ya lo estoy explorando y merece la pena. De Boat Beam había oído algo, pero gracias a este temazo ahora las escucho más. De Palma Violets os recomiendo, sobre todo, que veáis el vídeo, un plano secuencia magistral.




Además, quiero rescatar al tipo con el que abrí el blog: mi querido William Fitzsimmons. Desde entonces hasta ahora ha sacado otros dos discos. Sigue siendo igual de melancólico e igual de calvo, pero también igual de bueno. Aquí os dejo uno de sus últimos temas... una delicia para los oídos.


Estos cuatro años de blog son tan míos como de todos los replicantes que habéis pasado, pasáis o pasaréis por aquí a escuchar... así que, a todos, felicidades y gracias por estar al otro lado!!! :)




domingo, 26 de abril de 2015

TIM, URDANGARÍN, EL BOTELLÍN

Puede que un día tenga nietos. Puede que no. Pero, si los tengo, esta será una de esas "historias que los nietos deberían saber" (plagiando a mi querido Mr. E). Hay muchas otras, mucho mejores, pero esta viene a cuento por aquí porque es de música y, no sé por qué, estos días vuelvo a escucharles mucho y recuerdo ése momento. El momento en que uno de mis dientes quedó mellado para siempre. Por su culpa. La de los Charlatans.

Corría el año 2009. Estábamos en Washington. Buscábamos conciertos y resultó que tocaban The Charlatans en un buen garito de la ciudad: The Black Cat. Planazo. Así que allí estábamos, escuchando a Tim Burgess y su banda unos cuantos amigos de aquí y de allá, que nos reunimos esa noche. Entre ellos, por cierto, alguno muy cercano entonces a la familia Urdangarín (nunca pensé que escribiría este nombre en este blog), antes de que supiéramos que el hoy cuñao por antonomasia andaba metido en tantos fregaos. 

En aquellos días, el rey era rey, la infanta era infanta, vivía en Washington con Urdangarín y apenas se hablaba de ellos. Todos bebíamos y bailábamos aquella noche, ignorantes y felices, en un garito de la ciudad. 

Los de Manchester enlazaban un temazo tras otro y, casi al mismo ritmo, nosotros enlazábamos una birra tras otra. Y en una de esas (la segunda... lo matizo para que no penséis que lo que viene es consecuencia del alcohol), de pronto, clic -bueno, no sé cómo sonó realmente, no lo oí-. Noté algo raro en uno de mis, hasta entonces, hermosos paletos. Fui al baño y, efectivamente, algo raro había pasado: ya no era plano. Estaba mellado. ¿Por un botellín? Sí, por un mísero botellín, que ni siquiera era cerveza patria (con un tercio de Mahou nunca habría ocurrido esto, pensé...).  

Para ser exactos, tendría que decir que fue por un salto con un botellín, lo que viene a decir, por extensión, que fue por culpa de Tim.

Vale, no era gran cosa, apenas se notaba (ellos no se dieron cuenta, siguieron tocando como si nada), pero yo sabía que ya no era la misma: siempre habría un antes y un después de aquel concierto y aquel traidor botellín en mi vida. La cosa nos dio para unas risas, pero para mi ya no era un concierto más. Tenía que hacer algo. Así que al acabar, con mi boca mellada, hice lo que toda grupie que se precie suele hacer (y yo nunca había hecho, por cierto): subir al escenario y arrebatarle la playlist de las manos al batería (la tenía él, no sé por qué). Le di las gracias por el conciertazo memorable estrenando sonrisa mellada y me volví con mis amigos. Desde entonces, ésa playlist cuelga de la pared de mi baño. En el baño, sí. Cuando me lavo los dientes y veo el paleto mellado para el resto de mis días, miro a la pared y recuerdo el concierto, y el momento clic, y me río. Y últimamente, me vuelvo a poner alguno de sus temazos. 

Y confieso que me divierte que mi diente mellado, los Charlatans, el Black Cat, aquel botellín, mis amigos y Urdangarín compartan historia. Y desde hoy, también, un post en este blog.









domingo, 5 de abril de 2015

PLÁCIDO ESTADO PRIMAVERAL

Son días de placidez. De sol que calienta pero no quema, de plantas y árboles que echan sus primeros brotes, de pájaros que se alegran del sol y de los brotes, de humanos que nos contagiamos del buen rollo de los pájaros, los árboles y el sol.

Son días de primavera, que en Madrid duran poco pero se aprovechan mucho. El sol se viene arriba enseguida y empieza a quemar, pero antes de que eso ocurra da tiempo a disfrutar de esta placidez, de los días suaves, templados y en calma, mientras la vida vuelve a nacer (que esta es la verdadera resurrección, por cierto, la de la naturaleza en primavera... y para esta, además, no hace falta fe ciega, la ves cada día).

Para estos días -como para todos- hay una música que acompaña bien. No es nueva, pero la estoy recuperando y vuelve a ir conmigo a todas partes. El tipo se llama Benjamin Francis Leftwich, es británico, tiene 25 años y sólo un disco de momento, pero vale por mil. Porque "Last Smoke Before the Snowstorm", publicado en 2011, tiene temas tan preciosos como estos.




Él cita como influencias a Ryan Adams, Arcade Fire o Bruce Springsteen (???). A mi me recuerda mucho más a la música de Bon Iver, Alexi Murdoch, Damien Rice o Josh Rouse, por ejemplo (a una mezcla de todos ellos). Pero bueno, él sabrá. Os regalo otro tema más, pero lo que os recomiendo es que escuchéis el disco entero, que es una joya y funciona perfectamente como si fuera un único tema de una hora. A ver si conseguimos que el chavalín se de una vuelta por estos lares, sería precioso poder escucharle en directo. De momento, dejaros acariciar un rato por el sol y por su música, que en realidad son parte de lo mismo: el plácido estado primaveral.

"I've got a plan, I've got an atlas in my hands." Quién no ha sentido eso alguna vez... 






domingo, 8 de febrero de 2015

ISLANDIA PARA VOLVER, PARA QUEDARSE, PARA ESCUCHAR

Echar de menos los colores. Nunca antes me había pasado.

Después de varios días rodeada de blanco por todas partes (la carretera, la nieve, el hielo, el cielo, el mar congelado...), de pronto me di cuenta de que necesitaba ver colores, me descubrí buscando el verde, el rojo, el azul (que a veces, aparecían y desaparecían fugazmente en un tejado, en el horizonte, a lo lejos). Aunque reconozco que la búsqueda duraba apenas unos minutos y quedaba totalmente eclipsada por lo que tenía delante de mis ojos. Lo que fuera. Blanco, sí, siempre blanco, pero tan impactante que hacía que los colores se me volvieran a olvidar.

Islandia en invierno es un país en blanco y negro. Me lo dijo un islandés, y tenía razón.

Fuera de Reikiavik, si uno se echa a la carretera (literalmente LA carretera, sólo hay una, que rodea toda la isla) todo es blanco alrededor, excepto las huellas negras que dejan la lava y la ceniza que se alternan de cuando en cuando. Un paisaje tan bello como inhóspito, magnético, impactante, desolador, extraño, marciano, único. Me alegro mucho de haber ido en invierno... aunque creo que cuando vuelva, volveré en verano. Tiene que ser (y esto también nos lo confirmaron los islandeses) como viajar a otro país. Nada que ver.

Y estoy segura de que volveré. 

Ya. Esto ya lo he dicho antes, al volver de otros lugares que me han apasionado (mis amigos se ríen cuando lo digo... ;) pero esta vez es distinto: nunca he estado tan segura de que volveré a algún lugar como lo estoy con Islandia. Lo único que dudo es cuándo... y si volveré como turista, otra vez, o para quedarme.

No hay ruido, no hay tráfico, no hay contaminación, nadie corre, nadie grita... pero es un país absolutamente vivo y que contagia ganas de vivirlo. La naturaleza es extraña y extrema, auténtica, pura, no estamos acostumbrados aquí a esa pureza ni esas dimensiones. Ni mucho menos a ese vacío, a ese silencio... sobre todo el silencio, que a la vez acongoja y reconforta. En Islandia me he sentido pequeña y grande a la vez, nada y todo. Caminaba por un glaciar nevado, en un inmenso silencio blanco, y no podía sentirme más sola y a la vez integrada con todo lo que me rodeaba. Feliz.

Pero no es sólo el lugar. Porque un lugar no es nada sin los que lo habitan. No es que en Islandia lo habiten muchos: apenas 300.000 humanos, unos cuantos zorros árticos, focas, frailecillos, agunos perros y gatos urbanos, miles de caballos... y poco más. Suficiente. Tienen suerte.

Porque todos viven muy bien con todos. La cosa funciona, pero para todos: humanos, animales, glaciares y volcanes (estos se enfadan de vez en cuando, pero mientras no se enfadan el equilibrio es asombroso). Admirable y envidiable país de gente libre, tranquila, hedonista y sin complejos.

Con un potente adn vikingo (sobre todo ellos) y una mezcla curiosa entre nórdicos y yankis, los islandeses son gente abierta, hospitalaria, alegre y cosmopolita. Reikiavik es un pueblo: casas bajas, calles pequeñas, pocos coches, distancias fáciles de caminar, ritmo pausado... aunque esto vale sólo si hablamos de logística. Porque su espíritu es urbano, abierto y cosmopolita, mucho más cosmopolita que el de muchas ciudades españolas (empezando por la mía, Coruña, que tiene muchos más habitantes...).

En medio de todo esto, el panorama musical (y vuelvo al blog, ya vuelvo... ;) es increíble, dado su tamaño y su población. Mientras escribo este post escucho en bucle a Sigur Rós y Ólafur Arnalds. Pero también están por aquí GusGus (a los que recuerdo bailar y bailar hace años) o Emiliana Torrini... (y claro, Björk, pero he de reconocer que nunca me ha emocionado y hace años que no la escucho). Algunos tienen ya su hueco en esta música para replicantes. Pero hoy toca rescatarlos. Y evocar, escuchándoles, todo lo vivido en un país que te hace olvidar, por momentos, que sigues en este planeta. Si algún día vamos a otro, estoy segura de que será parecido al desierto de glaciares y volcanes por el que nos hemos perdido estos días. 

Julio Verne imaginó en Islandia su "Viaje al centro de la Tierra", y no me extraña.

Mientras nos preparamos para ese viaje marciano (que llegará), os regalo algunos temazos islandeses que podéis (deberíais) llevaros en la maleta cuando llegue el día. Yo los llevaré. Y os animo a conocer esa pequeña y lejana isla en mitad del océano que, además de todo lo anterior, si tenéis suerte, os regalará una aurora boreal. Ocurren cosas extrañas en Islandia... todo es distinto, bello y extraño en ese país. Corred a comprobarlo!!! Y mientras tanto, escuchad... :)









martes, 13 de enero de 2015

QUIERO MIS CANCIONES CUENTO, STUART

Por fin he podido sentarme un rato con el blog. Os pido perdón, a los que os paseáis por aquí, por haberlo tenido abandonado tanto tiempo... ¡desde octubre! No hay excusa, ni motivo concreto para ello, simplemente no salió. Y ya lo siento. Pero no se trata de escribir por escribir sino de tener algo que contar. Así que os cuento...

Estoy escuchando mucho estos días el nuevo disco de Belle and Sebastian, que sale en una semana, y me está generando sensaciones contradictorias, que quiero compartir por aquí: entre el "¿pero esto qué es? ¡no son elloooossss!" y él "¡qué preciosidad! ¡uffff menos mal!". Claramente es un álbum para escuchar más de una vez, tanto si ya sois fans de la banda escocesa como si no. Sobre todo si lo sóis.



"Girls in peacetime want to dance" es un disco muy ecléctico. Haciendo honor a su nombre (que me encanta), tiene algunos temas totalmente discotequeros, para echarse a bailar y no parar. Sí, bailar, con Belle and Sebastian. Habéis leído bien. Nada que ver con los chicos de melodías suaves y delicadas, con ése pop luminoso y elegantemente melancólico, ése reconocible sonido naif, algo lánguido y hasta meloso a ratos. Esas preciosas "canciones cuento" que tan bien compone Stuart Murdoch.

Pero claro, supongo que a estas alturas de la vida, después de casi veinte años escuchándoles y ocho discos de estilo inconfundible, con el noveno ya no soy objetiva. Escucho y mi subconsciente sabe que son ellos, así que espera escuchar lo que quiere escuchar. Es una pena, pero es así. De hecho, mientras escucho lo nuevo pienso que me gustaría no conocerles de nada para poder escuchar con el oído y la cabeza más abiertos y sin referencias acerca de cómo suenan. Pero no way: imposible ignorar lo que ya conoces. Una vez más (y esto me pasa con cierta frecuencia) desearía no conocer, para seguir sintiendo de nuevo la sorpresa de que algo me guste o no me guste por sí mismo, sin que tenga que ver con lo que me gustaba o no me gustaba antes. ¿Me entendéis? ¿Os pasa?... En fin, ahí va un ejemplo de lo que os cuento, un par de temas que cuesta creer que estén en el mismo disco.



Sí, Belle and Sebastian se han liado la manta a la cabeza (o se la han quitado, según se mire) y se han puesto a bailar. Bien. Habrá a quien le encante. Pero a mi, la verdad, es el álbum que menos me gusta. Aún así, merece mucho la pena escucharlo y seguirles los pasos. Me encantaría que este 2015 que arrancamos nos los traiga por aquí, de hecho, porque nunca pude verles en directo y estoy segura de que no defraudan. Me encantaría poder escuchar en concierto viejos temas tan bellos como estos, que no me cansan nunca, así pasen los años...



Por cierto, os recomiendo seguir los pasos también de Isobel Campbell, ex miembro del grupo y una de sus fundadoras en 1996. Tocaba el chelo y cantaba en algunas canciones, pero lo dejó en 2002. Desde entonces ha lanzado algunos discos en solitario y otros con mi querido Mark Lanegan -al que vi en concierto hace algunos meses y os recomiendo muchísimo-. Musicazos ambos, esa colaboración ha generado temas tan preciosos como éste. Con él me despido. Prometo no tardar tanto en volver. Espero que estés teniendo un bonito comienzo de año... Musical siempre, ya sabéis ;)















sábado, 18 de octubre de 2014

HOLD ON TO YOUR FRIENDS

¿Qué pasa cuando juntas a un montón de gente maja en un mismo espacio durante horas? Pasa que la cantidad de energía positiva que desprende cada uno de ellos se junta con la de los demás y se genera un cúmulo energético de buen rollo (¿existe esto? ¿podría existir?) que, a su vez, va devolviendo esa energía positiva a cada uno de los que está en ese espacio. En una dosis mayor a la que desprendieron.

Algo así como un viaje de endorfinas de ida y vuelta entre todos los presentes. En bucle.

Esto -que me lo acabo de inventar, claro- podría valer como explicación nada científica de lo que ocurrió hace unos días en mi casa. Gente de todo pelaje, edad y condición, gente buena y buena gente, amigos... interaccionando durante horas, de la mañana a la noche, generando flujos de energía positiva que se quedaron por aquí incluso después de haberse marchado ellos. (Tenía que haber llamado a Iker para que viniera a comprobarlo).

Y yo no puedo más que agradecer a toda esa gente que viniera a celebrar conmigo, ése día, con sus mejores galas energéticas, cargados de endorfinas para la ocasión. Una vez más -y no será la última- doy gracias a quien maneje los hilos de todo este tinglado por estar rodeada de tanta gente a la que tanto quiero y que me hacen sentir tan querida.

De eso se trata, creo, todo esto.

Y como siempre, las gracias van con música. Tres clásicos que me vienen a la memoria mientras escribo esto y que espero os generen endorfinas para dar y tomar. Si véis los vídeos, ochenteros hasta el extremo, al menos os harán sonreír con el estilismo. El de Morrissey es algo más "actual", del 94. Tampoco está mal, veinte añitos ya de este temazo del viejo divo británico... ¡Que los disfrutéis!






 
 

martes, 9 de septiembre de 2014

SER Y SABERLO

No es el qué, es el cómo.
No es lo que te pasa, sino cómo vives lo que te pasa.
No es lo que tienes, sino cómo valoras (o no) lo que tienes.
No es, ni siquiera, lo que eres, sino cómo estás siendo (o no) eso que eres.
No importa el qué, importa el cómo.

Esto, que parece sacado de un libro de autoayuda, es algo que pienso bastante estos días. Cuando uno para, piensa distinto. No piensas más, ni menos, ni mejor, ni peor, sino distinto. Y en ese pensar distinto vas más a lo básico, lo esencial, a cómo haces las cosas, cómo las hacías, cómo quieres hacerlas... cómo vives, cómo vivías, cómo quieres vivir.

Y te das cuenta de que todo es bastante más sencillo de lo que parece (no hacen falta chamanes para esto), de que todo -o casi todo- es cuestión de actitud... de cómo estés con lo que eres, con lo que haces, con lo que tienes y con lo que sientes. Y también al revés: con lo que no eres, con lo que no haces, con lo que no tienes y con lo que no sientes. Porque de cómo estés con todo esto depende que tu vida sea más o menos tuya.

Parece todo de perogrullo no? Es que la vida es bastante perogrullada, aunque nos la compliquemos todo el rato.

Hoy no me voy a enrollar, sólo quería compartir esto y dejaros una música pre-otoñal que le va bastante al asunto. ¿Y cuál es el asunto? Vivir siendo consciente de lo que se es, coherente con lo que se es y disfrutando de lo que se es. Ahí es ná. Sencillo, pero no siempre fácil.

Vuelvo al bueno de Stu Larsen para la ocasión. Le vi en directo justo antes de craneotomizarme, me lo llevé al quirófano, y funcionó, ya os lo conté por aquí... No le conozco, pero me da la impresión de que el chaval vive bastante acorde con lo que es y lo disfruta mucho. Y también creo que, por eso mismo, es un pequeño que será grande. De momento, sigue recorriendo el mundo con su guitarra y poco más. Ya es mucho. Os recomiendo de nuevo seguirle los pasos.

Os dejo también un tema de I am Kloot, no tanto por el tema sino por el vídeo, que me gusta y me parece bastante apropiado para este post (un poco plagio de Bill Viola, también).

Que los disfrutéis! Que os disfrutéis!

*** ah, a cuenta del título del post recuerdo un documental francés maravilloso: "Ser y tener". Una preciosidad de documental que os recomiendo y que, además, es buen ejemplo de cómo vivir acorde con lo que uno es (entre otras muchas cosas). Es de hace años y está colgado en youtube, así que está fácil. Vedlo y ya me contáis ;)