sábado, 25 de julio de 2026

No sólo arde el monte, arde "¡el mar, idiota, el mar!"

Escribo esto mientras huele a quemado en mi casa, a pesar de tener las ventanas cerradas desde ayer, a pesar de tener el incendio a 30 kilómetros… huele a quemado porque lo que está ardiendo en el suroeste de Madrid es bestial. Y arde sin control, por tercer día consecutivo.

Una nueva señal más. Un nuevo recordatorio de lo que se nos viene encima, lo que está ya sobre nuestras cabezas. El elefante en la habitación crece y crece, y ya es tan grande que hasta los ciegos empiezan a verlo (porque a muchos se les están quemando las casas, sobre todo).

Media España arde. Porque no es sólo Madrid - que ocupa portadas y abre informativos estos días -, es también Guadalajara, Cataluña, Valencia, fue Almería… hay incendios por todas partes. Van ya más de 130.000 hectáreas forestales arrasadas este año. El año pasado, que fue bestial, a estas alturas habían ardido 24.000. No hay mucho más que decir…

Y no, no son los incendios de siempre. Igual que no es el calor de siempre. Son incendios cada vez más grandes y más difíciles de controlar. Los llamados incendios de sexta generación. Cuando yo empezaba en esto del periodismo ambiental, hace muchos años, los científicos ya avisaban de lo que venía, pero los llamaban “incendios de tercera generación”.

Ahora ya están aquí, y hablamos de “sexta generación”. Fuegos que son distintos en su dinámica, en su tamaño, su velocidad… que crean sus propias condiciones meteorológicas, que se realimentan solos. No funcionan igual que los incendios de siempre, no se apagan igual que los incendios de siempre. Son más imprevisibles en su comportamiento y exceden la capacidad de control de los servicios de extinción. Ayer lo decía el Delegado del Gobierno, en relación con el de Madrid: “el incendio está fuera de la capacidad de extinción”.

Es la primera vez que se declara la “emergencia nacional” por una catástrofe natural. Y no será la última. ¿Qué más necesitamos para reaccionar? Este gobierno lleva años planteando un pacto de estado frente a la emergencia climática, sin conseguir los apoyos necesarios. Muchos de los que ahora piden ayuda y ven cómo el fuego amenaza sus casas, o las destruye, se han estado riendo hasta ayer de los “catastrofistas” que hablamos de “emergencia climática” (y lo digo con conocimiento de causa). Igual desde ahora se lo toman en serio.

El clima ha cambiado. Las olas de calor, cada vez más extremas, más seguidas, más extensas… no son las de siempre. El calor de verano en abril, mayo, octubre… no es el de siempre. Los incendios, cada vez más grandes y violentos, no son los de siempre. Las DANAS y tormentas no son las de siempre. ¿Y qué hay detrás de todo esto? Son muchos los factores que explican lo que está pasando, pero hay uno que está detrás de todo: el mar.

Vivimos en un planeta que es, básicamente, agua. Y esas aguas de los mares y océanos están alcanzando temperaturas nunca vistas, en los últimos años. Las anomalías en todos los océanos del mundo son insólitas, tienen a los climatólogos desconcertados. El Mediterráneo es el que más rápido se calienta de todos. Y lo tenemos aquí, en casa. Es como vivir con una olla a presión al lado. De vez en cuando salta la tapa y nos llevamos algunos sustos. Pero luego, seguimos viviendo como si no pasara nada.

Este verano, estos días, varias zonas del Mediterráneo han llegado a los 33 grados de temperatura superficial. Es absolutamente bestial. Y más, a estas alturas del verano. Las máximas en el mar suelen alcanzarse (solían, hasta hace unos años) a finales de agosto. Es una barbaridad cuyas consecuencias las sufriremos en cuanto llegue el otoño (o antes, nos dicen los meteorólogos, quizá a finales del verano ya veamos tormentas bestiales, dopadas de toda esa energía extra que aporta un mar hirviendo).

Porque no sólo arden nuestros bosques, nuestros montes. Arde el mar. Arden nuestros mares, todos. Y el que más arde es el que tenemos más cerca.

El calor del aire y el del mar se realimentan, eso ya lo sabemos. Y sabemos también que el del mar tardará mucho más en irse, igual que ha tardado más en acumularse. Es lo que llaman la “inercia térmica”. Los océanos tardan más en absorber, almacenar y liberar el calor. Hasta ahora, eso era lo que templaba y estabilizaba nuestro clima. Ahora se nos ha vuelto en contra. Porque todo ese calor extra, ese calor de más que están acumulando en estas últimas décadas, tardará décadas también en liberarse. Esto llevan años advirtiéndolo los climatólogos, explicándolo… y los medios llevamos años contándolo.

Da igual. Por lo que sea, nada de esto se relaciona. Vemos todo lo que ocurre como hechos aislados, como si las catástrofes naturales que se multiplican en los últimos años fueran fatalidades del destino, que nos llegan una tras otra sin saber muy bien por qué. No abrimos foco, no relacionamos, no vemos el contexto.

Pero no, nada es casual.

Estas olas de calor bestiales no son casuales. Estos megaincendios no son casuales. La DANA de 2024 no fue casual. Las inundaciones en Grazalema, este año, no fueron casuales. Los episodios de calima que vivimos ya casi cada mes no son casuales. Los tornados que empezamos a ver cada verano, o los "medicanes", no son casuales. El granizo cada vez más gigante no es casual. Los casi 40 grados en el norte de España, en mayo, no son casuales. Las vías de tren y carreteras que se derriten en Europa… Nada de lo que nos pasa últimamente es casual. Al revés. Todo es causal.

Y mientras no lo entendamos, mientras no seamos capaces de ver que la causa es la misma, que el clima ya ha cambiado y que eso ya lo está cambiando todo, y para todos… no seremos capaces de buscar alguna solución. Y es lo único que nos queda: adaptarnos. Aprender a sobrevivir en este nuevo clima, de forma urgente.

Porque los efectos de todo ese calentamiento acumulado en la atmósfera y, sobre todo, en los océanos, ya están aquí. Y el proceso es imparable.

*** Os dejo un vídeo que me viene mucho a la cabeza últimamente... Se me quedó grabado, de pequeña, y me sigo riendo. Si tenéis una edad parecida, os acordaréis de aquello de "¡el mar, idiota, el mar!". Y eso sí que no podemos olvidarlo... reír, a pesar de todo.