domingo, 28 de junio de 2026

Arde París... y no pasa nada

Todavía tengo en la retina las imágenes de los parisinos nadando en el Sena, sobre todo la de esos jóvenes charlando a remojo, tranquilamente, a los pies de la Torre Eiffel. Como si lo hubieran hecho siempre. Como si fuera la cosa más normal del mundo. No se me ocurre nada mejor para resumir lo que está pasando.

Y lo que está pasando es inédito. Europa está sufriendo la ola de calor más prematura, intensa y seguramente extensa desde que hay registros. Una ola de calor extremo que deja temperaturas por encima de los 44 grados en Francia, superiores a los 41 en Alemania. En el mes de junio. Repito: en junio.

En países que no están preparados para esas temperaturas. En humanos que no están habituados a esas temperaturas.

Es insólito ver lo que estamos viendo: carreteras que se derriten, vías de tren dilatadas, deformadas, rotas por el calor… Y está ocurriendo aquí al lado. En Francia, en Bélgica, en Alemania. Estos días. Aquí y ahora. Hospitales saturados. Colegios cerrados. Trenes paralizados. Viajes y eventos cancelados. Esta ola de calor ha provocado una auténtica crisis sanitaria en países como Francia, y ha puesto en jaque las infraestructuras de ese país y de muchos otros, que no se diseñaron para soportar estas temperaturas.

Cuando hablamos del cambio climático y del aumento del calor, la cosa se mide en “anomalías” de temperatura. Los meteorólogos analizan cuánto se salen de lo normal, por arriba o por abajo, con respecto a la media registrada en un mismo lugar en esas mismas fechas. En esta ola, las anomalías de temperatura en Francia han superado los 10 grados.

Y no sólo un día. Durante varios días seguidos, los termómetros franceses han registrado temperaturas más de 10 grados por encima de lo habitual. No sólo es increíble, que lo es, es que es una auténtica locura. Una burrada que tiene atónitos a los científicos. Ni siquiera los que llevan años estudiando el cambio climático dan crédito a lo que están viendo. No es lo que esperaban.

Porque estamos llegando ahora a escenarios previstos para dentro de unas décadas. Estamos viendo temperaturas que se auguraban para mediados de siglo. Pensábamos que el calentamiento iría aumentando, sí, pero no a esta velocidad.

Los modelos de predicción se están quedando cortos, advierten. Y está ocurriendo en todo: al predecir la intensidad de los huracanes, de las olas de calor, de las DANAS, de los incendios… la realidad (climática) está superando la ficción (de los modelos). Sencillamente, porque están diseñados para un clima que ya no existe.

El calentamiento global está disparado, y sus efectos no son lineales: el calor aumenta exponencialmente año tras año. En el aire y, sobre todo, en los océanos (pero esto da para otro post). El cambio climático nos ha adelantado por la izquierda y urge adaptarnos a sus efectos, porque no irán a menos, irán a más. Habría que destinar todos los recursos posibles. Nos va la vida en ello.

¿Y qué estamos haciendo? No lo sé. Pero la crisis climática sigue sin ocupar las portadas de los principales diarios, de los informativos de radio ni televisión. Ni siquiera en una situación tan insólita como esta. En el principal diario de este país, por ejemplo, hay que buscar y buscar, hacer scroll durante un rato, para encontrar información sobre esta ola de calor. Y eso que nos toca de cerca, que la tenemos en la puerta, que afecta a más de 100 millones de personas, que está en juego su salud, su forma de vida, sus vidas… que son las nuestras. 

Hablamos de una ola de calor extremo, en Europa, que marcará un antes y un después en la crisis climática que estamos viviendo.

¿Qué más necesitamos? ¿Hasta cuándo vamos a seguir actuando COMO SI NO PASARA NADA? ¿Cuánto más vamos a esperar para adaptarnos, para entender la urgencia que requiere esta nueva realidad climática?

El clima con el que nacimos y crecimos ya no existe. Tenemos casas, colegios, oficinas, transportes, infraestructuras, ciudades, países enteros… diseñados para un clima que ya no existe. Vivimos una nueva realidad climática, a la que no nos estamos adaptando. Y no se irá por mirar hacia otro lado. Al revés: cuanto más tardemos en reaccionar, más dura será la caída.

Es como estar viajando en un coche que va cada vez más rápido, que circula ya a 300 kilómetros por hora, que se va saliendo en las curvas… Sabemos que si seguimos así, nos vamos a estrellar, pero dentro, seguimos cantando como si nada. Decidimos que no pasa nada. Que ir a 300 kilómetros por hora, chocándose con todo, es lo normal. Como esos chicos de la foto charlando en el Sena… convirtiendo en normal algo absolutamente insólito hasta hace unos días.

Y ése es el verdadero problema en la crisis climática. Más que la falta de voluntad política, de la falta de inversión, más que el negacionismo… El gran problema, lo que nos tiene paralizados realmente, es que LO NORMALIZAMOS ABSOLUTAMENTE TODO. ESTO TAMBIÉN. Y una vez normalizado, desaparece el problema. Pues nada, que siga la fiesta.